viernes, 10 de agosto de 2018

Creta, julio de 2018

                                                     (Isla de Gavdos, 27-7-18)

Gavdos es una ciruela dorada
que madura bajo la tarde ardiente
de finales de julio.

No recuerdo tu nombre,
pero me abrazas como si tu estirpe
griega cantara historias ancestrales.

                       Es el momento: vamos a la cueva.

Delante de la gruta recitas en voz alta
el canto en que Calipso
debe dejar marchar al noble Ulises
por orden de los dioses.
La de trenzados cabellos le ayuda
a construir la balsa;
prepara vino rojizo y manjares.
Hacen el amor por última vez
y se despiden al día siguiente.
                       
                       Tú, que honraste mi hogar
                       durante una semana
                       con el olor del cedro y del alerce,
                       vete, navega por el mar ventoso
                       hacia nuevas playas donde te ampare        
                       la inmortalidad que tanto mereces.
                       He sido muy feliz aunque la envidia
                       divina es implacable.
                                                          Buen viaje.     
                                                                                            
                                                     (Heraklion, 28-7-18)

Desde el avión Heraklion
es un racimo de uvas nevadas
que madura bajo la tarde hirviente
de finales de julio.
                       
                       Regreso a Madrid, anfitrión cretense.
                       También he sido muy feliz contigo.
                       Porque a pesar de que
                       los dioses caprichosos solo otorgan
                       placeres fugaces a los mortales,
                       yo ya conservo un hilo
                       de tu eternidad entre mis costillas.

Promesas de verano

Nos prometimos el oro y el moro
una calurosa noche de agosto.

A horcajadas, la luna apuntillaba
persianas en tu espalda,
y yo observaba mi futuro en tus pupilas
negrísimas, por cierto—.

Sudábamos.

La felicidad era en ese momento
una brizna de aire fresco en la nuca.
                      
                       Viajaremos a Volubilis.
                       Nuestro perro se llamará Lucas.
                       Te recitaré un poema cada tarde.

Nos habíamos duchado después
de haber hecho el amor
y charlábamos los dos boca arriba,
con una mano apolillando el vientre
y la otra descansando en la almohada.

Sonreíamos.

Besábamos nuestras máscaras,
acariciábamos kilómetros de acero.

                       Quemaremos el otoño en Canadá.
                       Compraremos una casita en el campo.
                       Prepararé yo siempre el desayuno.

Dándonos la espalda nos deseamos
—las buenas noches—.


Habíamos bebido demasiado.

domingo, 1 de julio de 2018

El estallido de la Revolución

Tras la guillotina de las palabras
la sensibilidad
se separó del cuerpo
y cayó en un viejo saco de cuero.
Temblaba estertoroso.
Y te marchaste así, blandiendo excusas,
sacudiéndote sonrisas y adioses
con las manos aún ensangrentadas.

Un silencio de niebla en el cadalso.

En un último intento
la carne violácea buscó a tientas
naufragios de nervios supervivientes.
Los encontró en una montaña helada
y pudo calentarlos con el hueco
de sus manos. Remendó torpemente
las vísceras y se puso de pie.
Gimió dolorido al bajar las tablas,
mareado, confuso;
todavía silbaban las palabras
como balas rozando los oídos.
Un átomo de libertad
pareció deshacerse en su boca.
En ese momento debió de sentir
lo mismo que el primer hombre
prehistórico cuando fue consciente
de que podía andar
                                  solo
con las patas traseras.

La gran bocanada de aire
le cortó el resuello
y
se encaminó hacia el bosque de nogales.


                                 Amanecía.

         Cazador en el bosque. Friedrich Caspar David. 1813.

domingo, 18 de marzo de 2018

El ancla

Será que está cansada
de sonreír a peces moribundos,
de desfruncir el cielo después de la tormenta.
Ha escuchado contar a marineros
historias sobre flores
que elevan su silencio dócil al mes de junio.
Y se siente como un hilo mojado
que arrastra el légamo tozudamente.

Pero ya nada muerto vive bajo la argolla
(a pesar de las algas putrefactas).

El ancla no nació
para ser esclava de ningún barco.
Prefiere el ruido de los astilleros
y el sol tibio fondeado en sus uñas.
El ancla quiere aprender a ser libre
más allá de terrones abisales.
                                                
                                                     Iré
                       dijo.

Y su voz resquebrajó la escafandra.


lunes, 19 de febrero de 2018

Homo amans

Un hombre solo es hombre cuando ama.
Mientras tanto, socava tempestades,
despluma silencios y se derrama
por el opio negro de las ciudades.

Y al buscarse el metálico holograma
en el espejo, vislumbra verdades
mitad orangután, mitad escama
que viven deformando realidades.

Pero en el ángulo exacto de un beso,
tras el tibio tacto de los abrazos,
la cáscara se rompe en mil pedazos,

la piedra se transforma en carne y hueso.
Un hombre solo es hombre cuando enrama
en otro cuerpo su fragilidades.

Él

Es un laberinto rocoso
                                       bajo
la constante fragua de lluvia lenta.

Sus ojos, macerados en arena
verde, parecen dos
llamadores de ángeles
que invitan a la comunión sagrada.

Y mientras dibuja isobaras
en mis omoplatos, desaparezco
en su pecho y escucho
la magia de ciudades sumergidas:
locomotoras de vapor inician
su recorrido, se acercan zancadas
de gigantes, tambores excitados
presagian el combate.

Me acaricia las noches
                                        con su risa indecible.
                                              
Es una madeja líquida
                                      sobre
la paciente erosión de carne tibia.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Posverdad

Vuestros 140 caracteres
(actualización: 280
a partir de noviembre de dos mil diecisiete)
hieden a vómito y a purulencia,
apestan a cadáver descompuesto.

La palabra es un arma cargada de futuro,
pero la vuestra, revolucionarios
de cartón piedra, es un vaciado
sordo del (hu)eco de vuestra conciencia.
Lideráis degollinas
con el culo pelado por bandera.
Y sin ser yo muy listo, apostaría
mi futuro a que no
levantáis la vista de la pantalla
por miedo a que la espada
                                  de Damocles os hiera.

Quitaos las botas y salid del corral,
el combate se libra en otra plaza;
dejad de apuntar a quien está de vuestra parte.

Vosotros, batallón descolorido
de pájaros azules,
secuaces de la inercia,
os habéis convertido
                                  en escudos humanos
                                  de trajes y despachos.

Vosotros, masa imprecisa de ombligos,
lacayos de un sistema que os maneja
para desguazar la verdad del otro
(la verdad es un bostezo sin fondo),
eyaculadores de bilis negra,
representáis la cuartada perfecta.
                                  Libres entre barrotes,
                                  soberanos con hilos
sobre vuestros tronos de marionetas.

Pero seguid, seguid
                                  barnizando el estiércol.
Porque un día, inesperadamente,
la realidad os quemará el gañote,
y ese día desearéis haber conservado
un mísero granito
                                  de amor propio.



La frente

Mientras duermes, una frente apoyada en el cristal del salón rumia barro. Han tiznado las estrellas con sarro, apenas yerra carne desalmada....