miércoles, 26 de junio de 2024

La frente

Mientras duermes, una frente apoyada

en el cristal del salón rumia barro.

Han tiznado las estrellas con sarro,

apenas yerra carne desalmada.

 

Pienso, amor, en la cama inacabada,

en las hebras doradas con que amarro

el tiempo para evitar el desgarro

surgido de esta abulia silenciada.

 

Estallará la alarma en pocas horas

para sembrar más sal sobre la herida.

Entreveré desde el sofá tu ida

 

al ventanal, sabiendo que me ignoras.

Y buscarás respuestas con tu frente

apoyada en la marca de mi frente. 


domingo, 26 de mayo de 2024

El tritón

Nadie sabe su edad.

Nadie quiere escuchar

el goteo de su llanto en el agua.

Solo que en Antemoesa maduran 

desde hace tiempo las zarzas.


A lo lejos los marineros gritan

ahí va el loco soñando

con la eterna primavera de la vida y de los campos.

Los mismos carroñeros

que en un día lamieron

el brillo swaroskiano de su cola.


Ay si el escamado y ronco tritón

revelara los secretos de los hombres…

Pero sigue cantando para ellos. 




domingo, 7 de abril de 2024

Hijas de la abundancia

 En los cotiledones nace el tiempo,

pero el tiempo es granizo que no cesa. 

Eso ya no importa mucho 

ahora

que la hoja, desmembrada, cae

hacia un abismo ignoto de aceras húmedas. 

Cabecea también la tarde

vencida por la luz, aunque 

                                               ahora

nos concierne la hoja

con su digno vaivén de despedida,

su negra nervadura,

su peciolo podrido.

Pajiza, silenciosa.

Al posarse en mis manos lo comprendo:

son todos los besos 

de la última noche de verano.



domingo, 2 de abril de 2023

El peluquero del pueblo

     
    ¿Sabía usted que la peluquería de mi padre fue el primer establecimiento del pueblo? Sí señor, antes que los bares y el ultramarinos de doña Francisca. Aunque tampoco era un establecimiento propiamente dicho. Cuando el abuelo falleció, mi abuela trasladó la cocina a donde antes tenía él su taller de carpintería, a la parte de arriba de la casa, quedando vacío el cuartito que daba al corral. Y mi padre, que era un manitas, pensó que, igual que esquilaba ovejas, también podía cortar el pelo a los hombres del pueblo. Total, que acomodó como pudo el poco espacio que quedaba de la antigua cocina y fue comentándolo a todos los vecinos: corte de pelo, 5 pesetas. Pero en aquella época las ratas eran más ricas que nosotros; por eso al principio los hombres pasaban delante de nuestra casa recelosos por el problema de mi padre, ya sabe, no querían irse sin una oreja, ya ve usted qué tontería, qué les molestaba arar la tierra o cortar leña desorejados. Pero mi padre, como le digo, osado y soñador, cambió las pesetas por mercancía; entonces podía usted cortarse el pelo por un pedazo de unto, medio manojo de grelos o un mandil lleno de patatas nuevas. Así, de un día para otro empezaron a entrar por el corral los hombres del pueblo. Siempre después de comer, porque por la mañana trabajaban y por la tarde trabajaban aún más. Sacrificaban la siesta y aparecían como helechos tras la lluvia dando golpes a la cancela y llamando a voz en grito a don José.
      Como le decía, mi padre, que Dios le tenga en su Gloria, era un valiente y un visionario, y poco a poco fue aumentando la clientela. Aunque no crea que fue fácil. Trataba a los vecinos como a ovejas a las que había que trasquilar y, efectivamente, acababan con una parte de la cabeza con el pelo más largo que la otra, el cuello ensangrentado o alguna oreja herida. Pero ellos jamás se quejaron ni pegaron a mi padre, conocedores de su nueva tara. Iban, conversaban con él, aguantaban el dolor como jabatos, subían a la cocina a dejar el trueque a mi abuela y bajaban de nuevo para salir por la cancela más mal que bien, con mierda de gallina en las botas y el pelo al tuntún.
        En verano perfeccionaba su arte cortando el pelo a las ovejas. Sí señor, cortaba el pelo, no esquilaba. Las pobres aguantaban sus tijeretazos con paciencia y las acicalaba, no se lo creerá usted, como artistas de cine. Con tanta maña lo hacía que las vecinas se paraban en mi finca para admirarlas, y hasta comencé a distinguirlas por el corte de pelo, así que cuando las llamaba sabía perfectamente a quién me dirigía. Una mañana muy temprano se acercó a la cancela doña Fina. Hizo señas para que se acercase mi padre y le ofreció un cerdo para matanza a cambio de un corte igual que el de la Amarela, la oveja más aristocrática del rebaño. Al principio le sorprendió, ya que no había contemplado ser peluquero de mujeres, pero dijo que sí con más miedo que seguridad, porque no quería que su ceguera desgraciara a alguna de las mujeres del pueblo, que la pobreza no tiene nada que ver con la coquetería. Quedaron ya entrada la noche, cuando todo el mundo estaba en la cama, las gallinas en el gallinero y el corral limpio. Fue la primera vez que vi cortar el pelo a mi padre. No debió de ser sencillo a la luz del candil, pero me di cuenta de que su truco fue manejar a doña Fina con la misma delicadeza con que trataba a las ovejas. Tan fetén fue el asunto que al día siguiente doña Fina fue jactándose de que había ido a la capital a cortarse el pelo porque su hijo le había enviado dinero desde Suiza para regalarle algo por su cumpleaños. Y mi padre no sé enfadó. Poco tiempo después se supo la verdad, y las demás vecinas empezaron a venir a la peluquería sin importarles que fuera de día, que se encontraran con su marido o que volvieran a casa con mierda de gallina en los zuecos.
        Hubo un momento en el que el pueblo comenzaba a estar peinado como borregos, todos con un corte de pelo distinto, eso sí, que mi padre era bruto pero creativo. Mi abuela tenía la alacena a rebosar de comida y las ovejas servían de modelo de revista. Mi padre, mientras, ya con ceguera total, me enseñaba el oficio: él acariciaba las ovejas y yo admiraba cada uno de sus trabajos, tan novedosos para esa época: al tazón, con flequillo saliente, con una rasta que casi tocaba el suelo, ahuecado… una pena que no pudiera ver los diferentes degradados, cómo el sol hacía brillar las mechas multicolores, los reflejos.
       En fin, don Anselmo. Que como dice el poeta, hay golpes en la vida, tan fuertes… Una mañana mi padre no se levantó de la cama ya y mi abuela corrió tras él como si fuera Ovidio en vez de Dafne. Así que decidí vender la casa, las ovejas, los conejos y las gallinas y venirme a la capital a montar mi propia peluquería. Antes hice fotos de cada una de ellas para ponerlas en las paredes; por eso los niños al salir del colegio se quedan embobados mirándolas hasta que las madres les dan un coscorrón para que se muevan. Y como sabe que de mi padre no solo heredé la maña con las tijeras sino la enfermedad de la vista, hasta que la edad y no la ceguera me lo permita seguiré cortando el pelo como a las ovejas. Ea, ya hemos acabado, ¿puede verse en el espejo? ¿está así a su gusto? Perfecto, pues son 10 pesetas.

domingo, 26 de febrero de 2023

Hoy

 Despierta, mamá, ha llegado el día susurra meciéndole el hombro que tiene a la vista.                                    

    

    Madre, tras un breve rezongo, aprovecha el cambio de posición para estirar el cuerpo embotado y taparse hasta la nariz. Con el único ojo abierto mira la hora que el despertador proyecta en el techo: las siete y nueve. En un rápido cálculo sabe que puede retozar unos minutos más.


Buenos días, Hijo.            

   

    A las siete y catorce minutos Madre busca por tiento las zapatillas. Bien es verdad que hace media que hora se ha levantado y se ha tomado el Eutirox con medio Danacol, pero el frío de febrero es tan salvaje sin calefacción que ha decidido meterse en la cama de nuevo antes de que alguno de sus hijos se ponga en movimiento. De hecho, el pequeño (llamamos pequeño al de treinta años) ronca como si estuviera a punto de romperse la garganta, y el mayor, el que ha venido a despertarla, se ha quedado dormido en el sofá. Pero antes ha debido enchufar la cafetera porque huele la casa a café recién hecho.

    Ha llegado el día. Madre demora en lavarse la cara porque el agua caliente la reconforta. Ocho años y ha llegado el día. El espejo le devuelve un pelo húmedo pero enmarañado, unos ojos azulísimos aún en penumbra y arrugas propias de quien ha vivido mucho. Ya en la cocina, aprovecha para poner la olla express en la vitrocerámica mientras tuesta dos rebanadas de pan. Hay para comer puré de puerros y filetes de ternera con arroz basmati. Calienta medio vaso de leche en el microondas durante un minuto y saca del frigorífico la mermelada de frambuesas. El desayuno es para Madre un ritual, el momento del día en el que siente algo parecido a paz adherida a sus huesos, un limbo silencioso y placentero donde percibe su cuerpo como materia gelatinosa, como halo que pesa y toma forma. Dos cucharadas de café, Ameride, Atenolol, el medio Danacol que le quedaba. Inspira profundamente tras beber el último sorbo de café con leche hirviendo y apoya los codos para taparse los ojos con el cuenco de las manos a modo de duermevela.

    Ocho años y ha llegado el día. Ella, que llegó con catorce años a la capital para servir a una familia de postín. Ya sabes, los jóvenes emigraban, las adolescentes eran empujadas a ayudar a padres que labraban una tierra cada vez más estéril. Ella, que se casó con solo dieciocho años ¿Enamorada? No sabría responderte; solo te dirá que no quería dormir una noche más sola. Después trabajará limpiando y cocinando en casa de un joyero en auge. Será la cara visible ante la recepción de clientes famosos: joven, rubia, ojos como miles de cielos vírgenes, dientes torcidos pero con personalidad. Yo serví a… El anillo de pedida que llevaba en la portada de revista me lo probé yo a escondidas antes de que ella lo tocara. Cada dos fines de semana se iba al baile con la cocinera y en unos de esos guateques conoció a un cubano y poco tiempo después se fue a vivir con él llevándose a sus hijos. ¿Enamorada? No sabría responderte, solo te dirá que estaba cansada de trabajar para un marido continuamente borracho, de escuchar a sus hijos llorar de frío; que se guio por promesas aunque el precio fuera moretones y una sensación perenne de pequeñez. Él les abandonó con la misma naturalidad con la que ella se hizo cargo de las personas mayores a las que alquilaba habitaciones, sin tiempo para las lágrimas ni para las preguntas: las levantaba, las vestía, las rociaba con colonia Nenuco, limpiaba las habitaciones, llevaba a los niños al colegio, regresaba para recoger la sala y hacer la comida, las acostaba para que se echaran la siesta, iba a por los niños al colegio, les ayudaba con los deberes, planchaba, preparaba la cena, ponía el pijama a cada una de ellas, ayudaba a ducharse a los niños, se acostaba la última, no sin antes leer al menos una página de algún libro. Así durante varios años hasta que la edad le dijo basta sin darse cuenta de que no había cotizado.

    Ha llegado el día. Pero antes vino la mudanza, el nuevo trabajo como conserje de media jornada y la otra media jornada ocupada en limpiar las casas de esa misma comunidad. Con tanto tiempo libre para pensar durante las solitarias tardes de invierno esperando a que fueran las ocho para sacar los cubos. Con tanto tiempo, después de dejar la portería impoluta, para pensar que, si no hubiera sido por los avatares de la vida, le hubiera gustado estudiar magisterio, porque admiraba a la profesora del pueblo que enseñaba de todo y que se sorprendía de lo inteligente que era Madre para las matemáticas y para aprenderse los poemas de Otero Pedrayo o Rosalía de Castro. Pero otros decidieron que la cría, con catorce años, ya estaba hecha para ir a la capital y ayudar a su madre, ahora viuda. 

    Hasta que un día decidió, a pesar de sus sesenta años, estudiar a distancia uno de esos grados de los que había escuchado hablar a sus hijos. El primer año fue duro, no tanto por la densidad de las asignaturas, sino porque desconocía internet y sus laberintos; no tanto por la falta de hábito sino por acortar horas de sueño. La pícara conserje, la llamaban.

    Así pasaron los años hasta el último examen. Un sábado, recuerda, temblando y con un sueño atroz; respondiendo febril pero insegura cuestiones de sintaxis, regresando a casa con un paradójico sentimiento de orgullo y vacío. Y la nota del examen varias semanas después. Y el día de la graduación ocho años después.

    Madre despierta en ese momento de la duermevela porque siente el hormigueo de sus brazos dormidos. 

Despierta, mamá, ha llegado el día. Vístete, que pronto llegará el taxi para llevarnos a la facultad. 

 

Las invisibles

 Mujer en un vagón de metro, 8:08.            

Buenos días y disculpen que les moleste. Soy una madre de 37 años que vive con sus hijos en una habitación alquilada. Realizo trabajos esporádicos pero, desgraciadamente, no son suficientes para llegar a fin de mes. No percibo ningún subsidio: me veo forzada así, a pesar de la vergüenza, a buscar ayuda. Ofrezco pañuelos y caramelos por la voluntad. También si tienen comida o si saben de algún trabajo por pequeño que sea, estaría agradecida. Tengo dos bocas que alimentar y debo ya dos meses de alquiler. Lo último que quisiera sería verme viviendo con mis hijos en la calle. Por eso ofrezco pañuelos y caramelos por la voluntad, señores. Muchas gracias de antemano y que tengan un buen día. Pañuelos y caramelos por la voluntad, señores; pañuelos y caramelos por la voluntad, señores; pañuelos y caramelos por la voluntad, señores; pañuelos y caramelos por la voluntad señores. Muchas gracias, que tengan un buen día.

 

Mujer en la puerta de un supermercado, 11:24.

            

            🎵¡Oléle! ¡Olelé! Moliba makasi.🎵 Buenos días, mama. Buenos días, mama guapa. Hola, señora, buenos días. Oh, gracias, mama, mucho coraje en el día, mama, gracias.

            🎵¡Luka, Luka! Mboka na yé, mboka mboka Kasai.🎵  Mama, buenos días. Señor, buenos días. Claro, usted dejar perro guapo conmigo, yo cuidar bonito él. Gracias, mama, muchas gracias.

            🎵¡Eeo, ee eeo, Benguela aya!🎵 Mama buena, buenos días, gracias mama, señora, usted guapa y buena siempre conmigo. ¿Hijo bien? Gracias mama, buena mañana para usted.

            🎵¡Oya, oya! Yakara a.🎵 Señora, buenos días, mama. ¿bien todo? Gracias, yo bien, cantando, mama, buen día mama. Oh, comida rica, mama, gracias.

            🎵¡Oya, oya! Konguidja a.🎵 Buenos días, señor, gracias usted. Mama buena mañana a usted. Mama, aquí perro usted, perro bueno, no haberse movido, gracias mama, mucho coraje en el día.

            🎵¡Oya, oya!🎵

 

Madrid, una calle cualquiera, 13:28. Mujer de unos 55 años sentada en el suelo. Intenta esquivar el frío con toda suerte de harapos; de hecho, solo se le ven la nariz, los ojos y un mechón grisáceo. Apoya en sus rodillas un cartel sucio en el que se puede leer: Todos necesitamos alguna vez un poco de ayuda. Muchas gracias.

 

Mujer en la puerta de una iglesia, 16:17.

 

            Uno ayuta per favore para madre con ninios. Molta sorte e gracias. Uno ayuta per favore para madre con ninios. Molta sorte e gracias. Uno ayuta per favore para madre con ninios. Molta sorte e gracias. Uno ayuta per favore para madre con ninios. Molta sorte e gracias. 

 

Mujer en un vagón de metro, 18:43.

 

Buenas tardes y disculpen que les moleste. Soy madre de dos hijos que lucha por sacarlos adelante. Vivimos en un cuarto alquilado, pero a pesar de los trabajos modestos que desempeño no llegamos a fin de mes y debo ya dos mensualidades. Recurro a ustedes para no verme en la calle con mis dos niños. No recibo ninguna ayuda. Ofrezco pañuelos y caramelos por lo que ustedes buenamente consideren. Si tienen comida o si saben de algún trabajo por pequeño que sea, también son bienvenidos. Gracias de antemano y disculpen si les molesto. Pañuelos y caramelos por la voluntad, señores; pañuelos y caramelos por la voluntad, señores; pañuelos y caramelos por la voluntad, señores; pañuelos y caramelos por la voluntad señores. Muchas gracias, que tengan una buena tarde.

 

 

domingo, 22 de enero de 2023

Tanta vida

 

Me arrastré para amarte simplemente

porque yo,

escúchame, 

porque yo

arrancaba mi piel todas las noches

queriendo ser un hombre que no era.

Devoré tus promesas:

quise entibiar tu cama,

llegar a casa, cansado, ya sabes,

igual de roto de lo que llegabas tú,

y abrazarnos con ansia

hasta que alguno de los dos contara

una anécdota absurda

con la que reírnos a carcajadas.

Tardé en reconocer 

tu papel como aspersor de futuros

ante otros hierbajos

y seguí reptando sencillamente

porque yo,

escúchame, 

porque yo

quise amar en ti lo que en mí no amaba.

Meng Po invita a té


Que tu recuerdo flote

como un pellizco acuoso

manchado por neblina

o el regusto de la leche cortada.

Que al nombrarte resuenen 

ecos presos en cuevas antiquísimas

y solo me llegue un ligero olor

a madera quemada.

Que al tropezarme contigo en la calle

mi paso se convierta en herradura

y deseche tu huella como quien sacrifica

predicciones de estelas.

Que me resulte ajena la materia

con que tus brazos construían cimas.

Porque quiero que seas

el granizo que cesa,

el parpadeo después de un destello,

aquel incidente sin importancia

sobre el que echar un velo.

sábado, 26 de noviembre de 2022

Aquello que ya no es piedra


Te esperaré en el río

sentado en nuestra piedra

salmodiando los himnos de los grillos.

Otros perros vendrán para invitarte

a retozar a la sombra del fresno.

Husmearán tu estela,

te buscarán pensando que te ocultas

y que juegas, travieso, al escondite.

Se acercarán de nuevo,

olisquearán mi mano interrogándome,

y, ante el extenso peso

del silencio y la ausencia,

te esperarán también

sentados en tu piedra.

Hay grietas en la tarde que se rompen.


domingo, 19 de junio de 2022

Índice

1. Los nervios de llegar antes de tiempo.
    1.1. ¿Quizás una cerveza?
    1.2. Intuyo tu dolor bajo la gruesa
           telaraña de piel treinteañera.
           La naturalidad con la que hablas
           en la primera cita.
           Jugué a ser raíz un par de veces.
    1.3. El beso.
2. Te permito que avientes las puertas de mi casa.
    2.1. Desoxidación de la cancela.
    2.2. Cómo desangelar un jardín.
    2.3. Apenas hay tejas para cobijarse.
3. Tras la guerra, luz enhebrada.
    3.1. Quedan restos de tierra en tus silencios.
    3.2. Acuéstate a mi lado.
           Mañana es la certeza
           de quien se sabe árbol.


Lucas

A Lucas le gusta que le acaricie el lomo
antes de echarse la siesta a mi lado.
Apoya sus patas
            en el brazo que tengo estirado
y me mira con la mansa ternura
de quien acuna por primera vez
a un recién nacido.
En este silencio cómplice, casi sagrado,
yo le observo también;
va cerrando los ojos poco a poco
hasta que el sueño me vence.
La idea platónica de refugio
debe de ser esto:
una trufa de hollín húmedo
sobre un brazo adormecido.




lunes, 14 de febrero de 2022

La ternura de Aquiles

 

Que nadie descuaje hiedras

del muro que las sustenta

ni se sacien de abrigo mis manos

cuando presientan púas bajo tu huida.

Porque ninguna esclusa sellada

conquistó jamás faraones,

porque al cobijarse crecen ramas,

asoman humedales.

Y he aquí la gravedad del ala

posada en tu promontorio:

cómo desciende hacia el mar, silenciosa,

cómo labra en la arena

aquello que tabicamos con labios.

Hasta que tu piel,

íntima, voraz, inabarcable,

recolecta semillas

bajo las que reposa

la ternura de Aquiles abrazando a Patroclo.


De tiempo y espacio

  

Aunque a veces tanteo aún

el alarido agazapado en un puño,

aunque a veces reconozco

durante nuestras noches de insomnio

a qué surcos les es propia la ojera,

tú, frágil como la carne ante el cuchillo,

has desmigado espinos

hasta bautizarlos en harina.

Y ahora que ofrezco mis brazos y te acercas,

y un cántaro de luz

me recuerda que todo presentimiento es creíble,

se yergue la llama en tu pedestal,

te vacías sobre mi cuerpo,

hay aplomo en tu nervio;

el hombre es algo más

que un colgajo vertebrado,

          dices.

jueves, 27 de enero de 2022

El vigía de la memoria


        Después de pasar lista compruebo con satisfacción una semana más que son ustedes unos alumnos modélicos en asistencia y puntualidad. Hoy hace un día magnífico, pero han elegido aprender latín; si continúan así, tengan por seguro que verán recompensado su esfuerzo al final del cuatrimestre. Por cierto, me acaba de informar secretaría de que un nuevo alumno está a punto de incorporarse a clase; otro orgullo para este viejo profesor. Y ahora, abran por favor el libro por la página 38 y recuerden la frase que escribí ayer en la pizarra: vasa vacua plurimum sonant. ¿No lo ha traído, señor Ramírez? No se preocupe, que su amigo Patiño lo comparta con usted. Bien, veamos: Fonseca, ¿podría analizar por favor la palabra vasa? Casi, casi. Si es tan amable, señorita Seoane, dígale al señor Fonseca en qué ha fallado. Efectivamente, no se trata de la tercera declinación, sino de un nominativo plural neutro del sustantivo vasum vasi pero de la segunda declinación. Seoane, ¿sabría exponer la declinación completa del sustantivo en cuestión? Brillante, es usted brillante, Seoane, muchas gracias. ¿Y vasa, señor Ortega? Caray, para parecer usted un talcualillo ha acertado: es un adjetivo que concuerda con el sustantivo vasa. Les ahorro la interpelación sobre el verbo: al ser vasa un sustantivo plural, lógicamente el verbo debe ir también en plural. Recuerden que en latín los verbos se enuncian indicando en este orden: primera persona del singular del presente de indicativo, segunda persona del singular del presente de indicativo, infinitivo presente, primera persona del singular del pretérito perfecto de indicativo y supino, que les sonará a rey hitita, pero no se preocupen, que lo veremos más adelante y lo explicaré las veces que sean necesarias. Por lo tanto, la enunciación correcta del verbo sería sono, sonas, sonare, sonavi, sonatum. Ya les digo que no se inquieten, hablamos de asuntos que iremos viendo a lo largo del curso. ¿He dicho algo gracioso, señor Altabás? ¿De qué se ríe entonces? Ya vendrán las quejas y los lloriqueos en las evaluaciones de diciembre. Anda, salga a la pizarra, que le voy a dictar la conjugación del verbo en el presente de indicativo para que sus compañeros puedan copiarla. Sono, sonas, sonat, sonamus, sonatis, sonant. Perfecto, señor Altabás, pues usted sentarse. Bien, por consiguiente, como decíamos, el verbo en este caso debe ir en plural. ¿Terminaron de copiar ya? ¿Puedo borrar? Excelente. Nos queda finalmente la palabra plurimum. Como es una cuestión morfológica, sintáctica y gramatical en la que profundizaremos durante los próximos días, les adelanto que plurimum es un adverbio de cantidad que significa muchísimo. Señor Ortega, deje por favor de chismorrear con su compañero y dígame, ¿sabría usted traducir la frase según lo expuesto? Incorrecto. Preste atención, que la voy a escribir en la pizarra. ¿Dónde han escondido la tiza roja? Ah, aquí está, disculpen. Veamos, entonces la traducción sería: Las vasijas o también los tiestos o las macetas hacen muchísimo ruido o son las que más ruido hacen. ¿Conocen el dicho popular Mucho ruido y pocas nueces? Si no es así consulten mañana a la profesora de Literatura o búsquenlo en el Libro de Buen Amor o La Celestina. Pues significa grosso modo que detrás de la apariencia pomposa se halla solo artificio, fingimiento, vacuidad. En un ámbito metafórico más amplio: que las personas más zoquetes resultan las más quejicosas, ¿verdad, señor Altabás? Ya llegarán ustedes a mis años. Cuivis dolori remedum est patientia. Con estas nociones creo que no les serán espinosos los ejercicios 1 y 2 de la página 39. Venga, dejen de poner caras mohínas que parecen galloferos… ¿Han llamado a la puerta? Disculpen un segundo.

   —¿Sí?

   —Buenos días.

   —¿Es usted don Saturnino Troncoso?

   —El mismo, para servirles.

   —Somos de la empresa Químani. Le traemos el último maniquí que nos había pedido.

Siempre

 

   —¿Sí?
   —Hola, buenos días, ¿podría hablar con don Toribio Quiroga Mariño, por favor?
   —¿Quién le llama?
   —Dígale que soy un antiguo alumno.
   —Si es usted alumno del año pasado sabrá que los teléfonos particulares que aparecen en el anuario no deben utilizarse para cuestiones lectivas.
   —No, no. No es eso, estudié en el colegio Antonia Ferrín hace muchos años y acabo de encontrar por casualidad este teléfono.
   —Oh, espere un momento.
   —…
   —¿Sí?
   —¿Don Toribio?
   —¿Quién llama?
   —Quizás no se acuerde de mí, pero soy un antiguo alumno del colegio Antonia Ferrín en el que usted daba clases de matemáticas y física y química.
   —Huy, pero hace ya muchos años de eso, rapaz. Ese colegio ya no existe y ahora soy profesor en otro centro. ¿Cómo ha dicho que se llama?
   —No se lo he dicho, profesor, soy Daniel Alarcia Torres.
   —¿Quién?
   —El chico recién llegado de Madrid a clase de 6º de EGB que se puso a llorar cuando usted comenzó a hablarle en gallego.
   —¡Arre demo! ¿madrileño?
   —Sí, el madrileño. ¿Cómo está?
   —Oh, pero home, Daniel… Bien, bien. ¿Y sigues viviendo en Cadullo?
   —Qué va. Después del colegio estudié 1º de BUP en un instituto de Santiago de Compostela, pero al año siguiente me vine a Madrid por motivos familiares. Don Toribio… quería darle las gracias.
   —Oh, pero home
   —Usted sabe que llegué a Galicia con doce años. Era un mocoso urbanita que observaba todo con natural curiosidad, pero también con cierta repugnancia: los eternos días lluviosos, el frío que pellizcaba como astillas de vidrio, el olor a bosta de ciertos caminos… Acostumbrado a ser perversamente travieso, di con una abuela inflexible y autoritaria, más devota del grito que de la persuasión y con más maña para zurrar que para acariciar. Pocos meses después ya sabía cavar patatas, recoger maíz, utilizar la hoz para cortar helechos o tojos y el rastrillo para apiñar yesca; partir leña con el machado, lavar la ropa en el pozo… De ahí que al pasar por mi lado en clase mientras estábamos haciendo ejercicios se sorprendiera de mis cortes y moretones. No, no eran producto de las caídas por los juegos.
   —Eso lo supe después.
  —Cuando me llevó al médico para ponerme la vacuna contra el tétanos. Había una zona en nuestro corral en el que acumulábamos la gallinaza y los excrementos de conejo que tapábamos con un plástico. Para que no hurgaran los animales colocábamos maderas en los bordes que apuntalábamos en el suelo con clavos enormes. Un día estaba barriendo el corral y quité una de esas maderas. Con tan mala suerte que los clavos miraban hacia arriba. A medida que iba arrastrando el montículo hacia el plástico, iba andando hacia atrás… hasta que me clavé uno de esos malditos clavos. Y por no violentar a mi abuela, no se lo dije. No sabe usted el esfuerzo que me suponía andar sin cojear a pesar de que me había puesto varios calcetines y una gasa para que el impacto contra el suelo a cada zancada amortiguara el suplicio. Pero no había manera. El colegio era otra cosa, podía no fingir. Y cuando llegué ese día empapado, rendido por el dolor y la impotencia, no pude hacer otra cosa más que hipar cuando me preguntó qué me pasaba.
   —Y en mi despacho me lo contaste todo.
   —Y en su despacho solté todo.
   —Pero no hice nada.
   —Hizo mucho. Una de sus frases fue: A escola é a chave para as follas novas. Y desde aquel entonces comencé a interesarme más por aprender y avanzar. Estudiaba cuando mi abuela dormía o en los descansos de la vendimia; leía por las noches con una linterna consumida. Usted lo intuía y me preguntaba casi a diario, me mandaba a la pizarra con cualquiera excusa, me exigía más que a nadie. 
   —Porque lo sabía.
   —Y se empeñó en llevarme al viaje de fin de curso aunque le dije que no podía pagarlo.
   —Porque te lo merecías.
   —Y después nos perdimos la pista.
   —La vida, rapaz, la vida. Pero home… ¿Y en qué traballas?
   —Escribo para revistas especializadas en golf. Mañana me mudo a Dinamarca porque he conseguido un trabajo allí y estaba organizando la casa y el trastero hasta que he husmeado en una caja donde estaban las notas del colegio, las carpetas con las firmas de los compañeros cuando regresé a Madrid, las fotos de los festivales de fin de curso y los anuarios con los teléfonos de los profesores. De repente, ha aparecido su foto y su número y he decidido llamarle para darle las gracias.
   —Oh, Daniel. Moitas grazas, neno. Me has hecho llorar, menos mal que mi mujer ha salido a leriar con las amigas. De las pocas cosas que no esperaba a mi edad era tu llamada, pero es verdad que muchas veces he pensado en ti, en qué sería de tu vida y la de varios de tus compañeros.
   —Parte de lo que soy se lo debo a usted. Cuídese, profesor.
   —Madrileño… 
   —A escola é a chave para as follas novas.
   —Pero home, sempre.

lunes, 22 de noviembre de 2021

Autumn leaves


Antes que la hojarasca,
haces húmedas de luz
aventaban vuestra casa.
Herviremos leche recién ordeñada
y asaremos las castañas que traiga
tu abuela en el mandil
cuando llegue de casa de Xirome.
Serás feliz en la ciudad,
pero recuerda siempre
la muda mansedumbre del helecho;
no olvides cada musgo abrazado al río
ni la agotadora labranza.
Hay huella en todo aquello que nos impulsa.

Tantos años después,
tizones enterrados
regresan al camino
como uvas caídas que pican las gallinas.




Monarca

Morirá como cabeza de violín
tras su placenta viscosa,
se pudrirá aplastado
bajo dentelladas de algodoncillos.
¿Quién le va a enseñar a sembrar parterres?

****

Kilómetros, kilómetros;

somos racimos efímeros de alas

en plena mutación adormecida.

Anhelamos los colores

donde anide nuestra sed aposemática.

****

Mi patria ondea ahora

en los bosques de oyamel.

Y hasta aquí volé para morir.

****

Se equivocaban:

la tibieza del tiempo

solo puede apreciarla

quien ha renunciado

a ser larva o crisálida.




domingo, 3 de octubre de 2021

En el lago de Starnberg

     Summer surprised us, coming over the Starnbergersee.

 

Flotan las últimas embestidas de junio. Cuando el agua comienza a filtrarse a través de los zapatos, millones de gimnotos sacuden su cuerpo como trenes que descarrilan. Pero el rey permanece ajeno a los calambres. Ha estado toda la noche vagando en uno de sus trineos dorados y se siente adormilado. O quizás el médico Gudden le ha escondido algún tipo de somnífero en la comida que le mantiene somnoliento. Sin embargo, se resiste a cerrar aún los ojos; por eso permanece inmóvil durante unos minutos mientras contempla las montañas que intentan sacudirse los nudos rezagados de nieve. De hecho, el silencio bávaro le arrastra a su infancia, al castillo de Hohenschwangau, donde su hermano Otto y él jugaban felices a ser los héroes germanos que los observaban desde los tapices y pinturas de las paredes; la infancia siempre es un mito hermoso para el hombre que aún no ha madurado. Pero sabe que no le echará de menos: en el fondo solo desea estar en sus aposentos de Neuschwanstein. Ha sido terrible comprender que es un hombre incomprendido emplazado por la providencia en un tiempo erróneo.

Avanza varios pasos y el lago comienza a lamerle las rodillas. Ahora le dentellea un atisbo de miedo, de incredulidad melancólica. Aun así, debe seguir adelante con la misma inusitada fortaleza con la que cumplía milimétricamente las órdenes a la hora de estudiar y ejercitarse de pequeño, controlado por sus preceptores ante un padre ausente, una madre demasiado protectora y un hermano que empezaba a mostrar signos de trastornos mentales. Se comprendería, entonces, que la falta de la figura paterna le llevara a refugiarse en el talento de Wagner. Porque nadie le preguntó nunca, porque él no nació para los asuntos políticos, porque el deber endémico chocaba con su deseo de dedicarse a la poesía y escuchar óperas. El anillo del nibelungoTristán e IsoldaLohengrin. Ah, Lohengrin, ah querido Wagner. No se cumplió el mito, amigo. Ningún hombre vino a salvarle porque Paul tampoco está. Todavía recuerda al príncipe ensayar a tus órdenes en una armadura plateada con esa voz grave para actuar el día de su vigésimo cumpleaños. Ninguno de los dos le acompaña ya. Incluso sus sirvientes, de los que se rumorea que se acuesta con ellos, han comenzado a rehuirle y a cuchichear. Y esa falta de respeto le duele.

Su pecho está anegado y sonríe tímidamente cuando imagina a su prima Sisi desde el palacio de Possenhofen abroncarle de forma cariñosa por adentrarse tanto en el lago. Gaviota recitaría desgañitándose versos sobre el azul de sus ojos desparramado por Starnberg. En un giro dramático, cerraría las ventanas emocionada y seguiría con sus tareas. Porque Sisi sabe que el rey es un experto nadador; lo que ignora es que a el ya no le quedan ganas de nadar.

Es hora del último acto, el agua le llega a la altura de la nariz. De pronto, un cisne se cruza delante él y comparten una fugaz mirada. Lohengrin, oh, Lohengrin. Su madre le contaba durante los paseos por la montaña que en la mitología griega el cisne era un ave asociada a Apolo como dios de la música porque se creía que poco antes de morir cantaba una hermosa melodía. El cisne baja el cuello y se aleja lentamente. Entonces, el rey evoca los acordes de una canción cuyo título no recuerda. Y cierra los ojos. Os dirán que estaba loco, pero él, Luis II de Baviera, es agua.




La perfumista

 

   —Tapputi, cariño, ¿has visto por algún lado la olla y el caldero?
   —No, mamá.
   —Qué raro, voy a volver a buscar y preguntaré también a tu hermano por si se los ha llevado para jugar con sus amigos. Tu padre viene en un rato de construir el nuevo zigurat y no tengo dónde hacerle la comida.
   La joven escribía absorta en su habitación un tratado sobre perfumes. Quería dejar constancia de los últimos avances de sus ensayos. Durante los últimos meses había estado experimentando en las afueras de Babilonia una nueva técnica que al mezclar aceite de flores, miel, agua, cálamo y mirra resultaba un aroma fascinante. Y creía haberlo conseguido. Allí estaban enterrados los utensilios que su madre buscaba ahora. Y de ahí el rechazo por Whatsapp a la invitación de su amigo Utu-Oannes para beber cerveza esa tarde de domingo.
   Sobre todo porque cuando levantaba la cabeza y estiraba el cuello, releía el anuncio que había arrancado en unos puestos de pan de la ciudad: el rey, Tukulti-Ninurta, buscaba una supervisora para el palacio que estaba construyendo en la nueva ciudad. Entre las funciones figuraban la inspección de las cocinas, la vigilancia en la limpieza de las estancias y la fabricación de esencias para la familia real, la libación a los dioses o como regalo a reyes extranjeros. Las candidatas debían presentarse en un plazo de siete días ante el favorito de Assur y Shamash. Así que a lo largo de esa semana estuvo perfeccionando el sistema. Tenía los elementos claros, faltaba el porcentaje de las cantidades para combinarlos.
   El siguiente domingo llegó. Tapputi madrugó mucho para ir a su particular vergel más allá de las murallas. Tuvo cuidado de no mancharse el vestido largo y se había aseado solo con agua para no interferir en el perfume que tenía en mente. Recogió la olla, el caldero y una pequeña bolsa con los productos que utilizaría y se dirigió a la morada del rey.
   A su llegada le impresionó reconocerse mientras un mensajero repasaba en voz alta los nombres de las participantes. Parecía que todas las mujeres de Babilonia se habían concentrado a las puertas del palacio, pero no necesitó esperar demasiado tiempo: cada prueba se hacía en una estancia lo suficientemente alejada como para que las esencias no se mezclaran. Además, cientos de sirvientes iban de un lado para otro a toda velocidad llevándose las muestras, limpiando, aireando.
   Tapputi fue conducida a uno de los cuartos de los pisos superiores. Era tan extraordinaria la edificación y tanta prisa la que llevaban quienes la acompañaban que al llegar tuvo apoyarse en las paredes un rato para recuperar el ritmo de la respiración.
   —Cuando termines de preparar la fragancia, avisa al sirviente que estará esperando en la puerta. Pero no tardes, no tenemos todo el día.
   Las palabras no intimidaron a la joven. Estaba tranquila y confiada. Tan pronto como se cerró la puerta, extendió sobre el suelo los frascos, las bolsitas, la olla, el caldero. Se sabía de memoria la cantidad de cada elemento que necesitaba y el tiempo para conseguir extraer sus esencias.
   Hirvió en la olla una mezcla de flores cuidadosamente seleccionadas y escogidas ese mismo día, aceite de cálamo, mirra y una pizca de miel. Quiso hacerlo a fuego lento para que el vapor se condensara en gotas densas y así diluirlas en una mezcla de agua y alcohol. Era un procedimiento de cuyos resultados estaba orgullosa, porque intuía que las demás muchachas presentarían sencillas mezcolanzas de resinas machacadas. Tapó el aroma en un frasco y avisó al sirviente.
   Este, sin mediar palabra, se ausentó durante un rato. Tapputi creía que la iban a guiar hasta salón real y pronto escuchó numerosos pasos. Ante ella apareció la figura del rey, un hombre alto de facciones duras.
   —Tapputi —la joven volvió a sobresaltarse al escuchar su nombre de boca de Tukulti-Ninurta,— vierte unas gotas del perfume en este pañuelo y explícame los ingredientes que has empleado.
   —Enseguida, rey favorecido de Enlil.
   Tapputi hizo lo que le había mandado el rey mientras Tukulti-Ninurta observaba con interés los utensilios utilizados. Olfateó varias veces la fragancia y, sin mediar palabra, se levantó y se machó ante el estupor silencioso de la joven, que fue conducida con la misma celeridad a las puertas de palacio.
   Estuvo muy desanimada los días siguientes. Había apartado los apuntes y solo ayudaba a su madre en las tareas de casa o salía a beber cerveza con Utu-Oannes. Un martes por la mañana, Tapputi se encontraba sola en casa. Su padre estaba trabajando en el zigurat, su hermano estaba jugando con sus amigos y su madre había ido a la compra. Y llamaron a la puerta. Al abrir, desganada, apareció un sirviente del rey con un mensaje para ella: Tukulti-Ninurta estaba verdaderamente conmovido con el perfume presentado y la forma de prepararlo, así que había conseguido la plaza. De hecho, el sirviente le dio por adelantado el sueldo del primer mes. Y cuando el mensajero se fue, se puso a saltar de alegría y a cantar alabanzas en honor a Isthar. Tapputi había conseguido el título de Belakkallilm, perfumista y supervisora de palacio. Lo primero que hizo fue comprarle a su madre un conjunto nuevo de ollas y calderos.





viernes, 10 de septiembre de 2021

2050

 

Cuando apenas podamos afrontar

la última factura de la luz

porque el noventa por ciento de nuestro salario

sufragará una deuda que no hemos firmado;

cuando amordacemos pedos y eructos

ante el impuesto verde,

quizás nos queden los libros, amor

—si no los han quemado,

            si aún el sol es gratis—,

y seguiremos juntos.

 

Cuando volvamos a anular la cita 

de una operación insoportablemente cara,

y disimulemos el dolor de espalda,

los dientes podridos, la tendinitis;

cuando vivamos en pisos esqueléticos

con camas repartidas para varias familias,

quizás nos queden los parques, amor

—si no nos cobran a céntimo el paso,

a nosotros, obesos como tumores de bocio;

y digo pasos como puedo decir

parpadeoslatidos,

resuellosbostezos—,

y seguiremos juntos.

 

Cuando el jefe permita cinco minutos libres,

(jornadas laborales

de trece horas, siete en vacaciones,

han prohibido las huelgas);

cuando para comer

tengamos que rascar la mugre apelmazada

en los azulejos de la cocina

o la orina devuelva la fe

a unos labios agrietados,

nos quedarán los recuerdos, amor

—si el gobierno no procesa

mediante sensores sofisticados

la cantidad de pensamientos

que produce nuestra mente

y los empaqueta en haces de créditos

que grava según la energía

de la evocación—,

y seguiremos juntos.

 

Cuando alguno de los dos, viejos ya,

sacos de hollejo y sarna demasiado rendidos,

decida convertirse 

en carne de cuchillo 

sin que el otro lo sepa

hasta el día siguiente,

qué nos quedará, dime.

 

Ellos, amor, siempre quedarán ellos;

y mansiones sin libros,

y ciudades sin pájaros ni parques,

y hombres sin memoria.

Y el silencio común que nos ungió de ruina.






La frente

Mientras duermes, una frente apoyada en el cristal del salón rumia barro. Han tiznado las estrellas con sarro, apenas yerra carne desalmada....