sábado, 20 de febrero de 2021

A pesar del diluvio

No volveremos a ser los mismos,
pero te miro y el mundo sigue ahí,
venciendo al parpadeo del filósofo
como un durazno joven besado por el sol.
Qué nos queda sino la confianza
en el diente de león y no en la esquirla,
en la violenta belleza del latido
y no en el soterramiento de labios;
qué añoramos sino el camino verde…
Sí, estos huesos rotos nos pertenecen,
heñimos todavía la tierra y la nieve,
pero te miro y la vida sigue ahí,
ávida, íntegra en su fragilidad
a pesar del diluvio.
                                    
                                    @hpoeticus

El tacto

 Abrázame
                  —la piel es el cantil a donde 

          peregrinan los náufragos—;

abrázame, susurro,

aunque sé que tu cuerpo

se pierde en un fascículo de píxeles

ajenos al deseo.

Hablamos de las cosas más triviales

y de la extraña herida que nos impuso marzo:

mi perro dormitando junto al ficus,

tu casa huele toda a pan quemado;

la orfandad de los días,

la muerte, los aplausos.

Quizás el mes que viene podamos dar paseos.

 

Te abrazaré, susurras,

y yo te abrazaré,

y mayo se abrirá como un nenúfar

acunado en la promesa del agua.


                                                    @hpoeticus

domingo, 31 de enero de 2021

Patiens

Mientras tú en otros cuerpos dibujas
viejos lunares de segunda mano, 
y te arrulla tras un eco lejano
el sabor de mis lágrimas granujas,
 
yo hilaré el invierno con las agujas
del reloj, como anhela un viudo en vano
que vuelva su mujer algún verano
y bailen juntos en las horas brujas.
 
Penélope es una burda impostora
a mi lado y Job es un becario
contratado a tiempo parcial por obra
 
y servicio. Yo te espero; me sobra
paciencia para tejer tu sudario.
Roma no se construyó en una hora.

                                               @hpoeticus 

lunes, 9 de noviembre de 2020

Dafne

                                   «Vístete de color romántico
                                          y serás protagonista en mi película».
                                                                     mocedades

 

Los ojos de mi madre son haces de laureles

donde encuentra su luz la clorofila.

 

Algunas noches me cuenta la historia

de cierta dríade que se casó

con dieciocho años.

Ella se sentía sola en Madrid;

él apresaba musas con su lira.

 

Hay restos de raíces en sus labios;

por eso sus palabras

arrastran la ternura

de la tierra mojada.

 

Después llegaron los inviernos negros,

los hematomas, la desolladura;

los ciegos gritos que el infiel arquero

tapiaba con promesas como zarzas.

 

Mi madre canta nanas a las flores

nacidas de sus pechos.

Cuando se ducha alza los brazos, los estira,

y el agua templada, barriendo el lodo,

convierte cicatrices en nidos de cascadas.

 

Hasta que se cansó. 

Hasta que Dafne decidió escapar.

Aprovechando que Apolo dormía

su borrachera lejos,

            protegió los esquejes y las yemas                 

tras sus ramas secas, sanguinolentas.

            Sus piernas destruyeron la corteza.

            Y comenzó a correr.

 

Mi madre es una dríade

a punto de cumplir sesenta y ocho años.




martes, 11 de agosto de 2020

Penélope ante los rebrotes

No regreses, Ulises.
Durante el mes de julio,
Penélope ha deshecho
todo lo tejido desde mediados
de marzo
                hasta primeros de mayo.
Que Alcínoo te obsequie
con mascarillas y gel hidroalcohólico.
Tú sigue navegando.



domingo, 28 de junio de 2020

El viento


Para que el viento tienda

su terca liviandad de luciérnaga-topo,

han sido necesarias muchas piedras,

parapetos de pájaros

y heridas como ruinas de amapolas.

 

Para entender la lógica

con que ordena cardúmenes y olas,

o su afán por arpar

la geometría de hojas en movimiento,

preguntadle de qué ausencia huye,

dónde perdió su sombra,

qué dios ciego le robó la palabra.

 

Entenderéis, entonces,

por qué es feliz cuando la luz lechosa

lo atraviesa, 

           por qué se vuelve cuarzo

en los brazos del mundo.

Entre Escila y Caribdis


Tuve que elegir entre el clavo ardiendo

o la temida caída al vacío.

Siempre me paralizó la acrofobia

y la posibilidad de vivir

tras el impacto es mínima.

Pero nunca se sabe; 

mientras tanto, disfruto del paisaje.


La frente

Mientras duermes, una frente apoyada en el cristal del salón rumia barro. Han tiznado las estrellas con sarro, apenas yerra carne desalmada....