sábado, 29 de junio de 2019

Bienaventuranza

Le gusta cuando llueve
                 porque la tempestad
                 lo silencia por dentro
y puede oler el ombligo del mundo.
                                                               
Al otro lado del ojo de buey,
                 un hombre descosido                
juega a ser alguien uniendo las gotas.

Pero una deformidad de fondo
                 le impide suturarlas
                 para reconocerse.
                                                          
                Bienaventurados los amantes solitarios
                porque solo ellos ocuparán
                los camarotes individuales
                                                            del arca de Noé.

jueves, 21 de marzo de 2019

Libre

                                                 Je est un autre.

Encerrado en estas cuatro paredes,
bajo la luz mantecosa del flexo
cuando avanza la noche hacia el deshielo
de mis costras, 
                                   soy libre.

Donde mi geografía vertebrada
no es cuarzo sino mar,
abandono la sangre que naufraga
de lunes a viernes de nueve a seis,
y me intuyo trapecista esquivando
de nuevo la caída. 
Escucho mi respiración,
                                   soy libre.

Me llueven logaritmos de las manos;
solo soy un haz de piel magullada
que busca en el mundo su trascendencia,
que ansía tropezar 
con el lloro amoratado del verbo,
descoagular mortajas sin nombre.

Y hurgo entre preguntas
que ondean en el aire
con la torpeza de un topo famélico,
de quien palpa el caos para ordenarlo,
para desentrañar aquello que invocamos:
la fragilidad calcárea de un cuerpo.
(Sí, también pienso en ti).

Los recuerdos crujen bajo mi lengua
como cáscaras de constelaciones.
Desde el infinito campo de venas
derretidas, escuchadme, 
                                    soy libre.




sábado, 16 de febrero de 2019

El nacimiento de Venus

Yo no nací poeta.
                              Comencé
a rebuscar palabras la primera mañana
que amanecí en tu cama aún electrizado
por la recia tibieza de tu sexo.

El genoma del beso iniciático 
me transmitió toda la sabiduría
poemática que otros hombres 
anteriores a nosotros 
habían heredado 
también de otros hombres.
El aliento del Adán cromosómico
abriéndose paso entre la carne.

La glaciación sobrevino después,
cuando la tundra mendigaba soles
y en mi cueva escribía
tu voz rupestre para recordarla.
Porque ya trepaba la madreselva
por el anillero de mis costillas.

Así que decidí enterrarte dentro,
—ángel polícromo, animal simbólico—,
bajo el fuego y la sangre,
bajo la despensa y los alveolos, 
bajo el lecho y los huesos.

Pero siempre diré que no nací poeta,
sino que, cierta noche, 
Céfiro sopló su viento en mi boca 
y desde entonces, solo 
desde entonces, amor, siembro palabras.

El nacimiento de Venus, Sandro Botticelli.


Bala perdida

Me tienes el alma manga por hombro,
anárquico igual que la habitación 
de un niño revoltoso.

El sol se me enmaraña
en el pelo, y trato de encajar
cada pieza que el sexo
ha escondido en tu casa
apodando domingo a las semanas.
Apresando pedacitos de oxígeno
que la ciudad olvida
en las asfixiantes tardes de agosto.

Inquieto. Nervioso. Desencajado.

Subido a la estela del hombre que fui
antes de que tu saliva 
me calara hasta los huesos.

Me tienes como pollo sin cabeza,
jugando a la rayuela con los adoquines,
saltándome el cansancio y las ojeras;
tratando de controlar mis impulsos
para no llamarte cada dos minutos
y escuchar tu voz de tizón candente.

Has sacudido las últimas 
virutas de tristeza 
que se habían quedado
agazapadas entre las arrugas 
de la melancolía.

Galvánico. Saltarín. Bifurcado.

Tatuándome este instante en el brazo
que me ayuda a poetizarte como 
premio a su lealtad
durante tantos años.
Construyendo un arpa con mis tendones
para cantarte a voz en grito.

El amor me chorrea por la espalda.
Por tu culpa mi cuerpo
deambula electrizado
esperando con ansiedad las manos
que lo acaricien vorazmente.

Estoy enamorado hasta las trancas.

Eufórico. Flotante. Descentrado.

jueves, 17 de enero de 2019

Narciso en el siglo XXI


Intuye sus ojos llenos de lluvia
en el fondo marino.
Escuálidas pirañas
maleables y azules.
Cuando intenta ondular
la porosidad carnosa reflejada 
en la superficie, un fantasma 
glaciar electrocuta su espinazo.
¿Hay alguien ahí? (…ahí, …ahí).
Si al menos… pudiera… (…era, …era)…
—al bellísimo Narciso le asfixia el mito—
remolcar hasta la orilla
los cascotes flotantes (…antes,antes).

Toda conciencia nació
para vallar silencios.

Eco ríe a carcajadas en su cueva
y el móvil es un verdugo que vibra.
A las tres de la tarde. 
Eran las tres en punto de la tarde.
Pero regresará, 
como regresa cuando la necrosis 
mordisquea los huesos.
Se levanta y enjuga
su apatía con la punta mojada 
de la corbata. Debe 
volver a la oficina.



lunes, 31 de diciembre de 2018

Feliz año nuevo

Han pasado trescientos sesenta y cinco días
como apisonadoras, 
como cuentas de un rosario que empiezan
a oler ya a cerrado.
Nos han adelantado las mismas estaciones
(a nosotros, herederos de Heráclito).
Hay esquirlas de sol y lluvia en nuestros ojos.
¿Recordáis vuestras metas?
Esperan en una caja del sótano,
probad a llevarlas a la buhardilla.

Para algunos habrá sido un buen año,
para otros no tanto.
Y a riesgo de que el poema resulte
un cuadro coelhiano,
reconoced que la felicidad
—el hipo previo al susto—
os ha rozado al menos un instante.
También habréis llorado de frustración, de rabia.

Pero a pesar de todo
estoy vivo y escribo,
estáis vivos y perseguís palabras
(o sueños o utopías) que corren como ardillas.
Nos esperan trescientos sesenta y cinco días
tocados con el hormigueo dulce
de lo recién nacido.
Para encontrar asíntotas tangentes
y ventanas abiertas. Y estaciones
pasajeras y piedras afiladas.

Estamos aquí y estamos ahora.
Celebrémoslo.
                                    Feliz año nuevo.

domingo, 25 de noviembre de 2018

El uróboros

Cierta noche en que estaba muy borracho,
en uno de esos bares donde apenas
te tomas cuatro copas y las penas
transmutan por alquimia en desempacho,

se me acercó un tío y dijo: Muchacho,
vente, te ofrezco amor a manos llenas.
Y yo, tan fan de promesas ajenas,
sucumbí a sus ojos color pistacho.

Total, que piqué el anzuelo en su cama.
La luz me trajo a casa. Las certezas
pillaron a la resaca en pijama

cansada de coleccionar rarezas.
Y como no quería hilar un drama                                                
salí a beber para olvidar tristezas.

La frente

Mientras duermes, una frente apoyada en el cristal del salón rumia barro. Han tiznado las estrellas con sarro, apenas yerra carne desalmada....