—¿Sí?
—Buenos días.
—¿Es usted don Saturnino Troncoso?
—El mismo, para servirles.
—Somos de la empresa Químani. Le traemos el último maniquí que nos había pedido.
—¿Sí?
—Buenos días.
—¿Es usted don Saturnino Troncoso?
—El mismo, para servirles.
—Somos de la empresa Químani. Le traemos el último maniquí que nos había pedido.
Antes que la hojarasca,
haces húmedas de luz
aventaban vuestra casa.
Herviremos leche recién ordeñada
y asaremos las castañas que traiga
tu abuela en el mandil
cuando llegue de casa de Xirome.
Serás feliz en la ciudad,
pero recuerda siempre
la muda mansedumbre del helecho;
no olvides cada musgo abrazado al río
ni la agotadora labranza.
Hay huella en todo aquello que nos impulsa.
Tantos años después,
tizones enterrados
regresan al camino
como uvas caídas que pican las gallinas.
Morirá como cabeza de violín
tras su placenta viscosa,
se pudrirá aplastado
bajo dentelladas de algodoncillos.
¿Quién le va a enseñar a sembrar parterres?
****
Kilómetros, kilómetros;
somos racimos efímeros de alas
en plena mutación adormecida.
Anhelamos los colores
donde anide nuestra sed aposemática.
****
Mi patria ondea ahora
en los bosques de oyamel.
Y hasta aquí volé para morir.
****
Se equivocaban:
la tibieza del tiempo
solo puede apreciarla
quien ha renunciado
a ser larva o crisálida.
Summer surprised us, coming over the Starnbergersee.
Flotan las últimas embestidas de junio. Cuando el agua comienza a filtrarse a través de los zapatos, millones de gimnotos sacuden su cuerpo como trenes que descarrilan. Pero el rey permanece ajeno a los calambres. Ha estado toda la noche vagando en uno de sus trineos dorados y se siente adormilado. O quizás el médico Gudden le ha escondido algún tipo de somnífero en la comida que le mantiene somnoliento. Sin embargo, se resiste a cerrar aún los ojos; por eso permanece inmóvil durante unos minutos mientras contempla las montañas que intentan sacudirse los nudos rezagados de nieve. De hecho, el silencio bávaro le arrastra a su infancia, al castillo de Hohenschwangau, donde su hermano Otto y él jugaban felices a ser los héroes germanos que los observaban desde los tapices y pinturas de las paredes; la infancia siempre es un mito hermoso para el hombre que aún no ha madurado. Pero sabe que no le echará de menos: en el fondo solo desea estar en sus aposentos de Neuschwanstein. Ha sido terrible comprender que es un hombre incomprendido emplazado por la providencia en un tiempo erróneo.
Avanza varios pasos y el lago comienza a lamerle las rodillas. Ahora le dentellea un atisbo de miedo, de incredulidad melancólica. Aun así, debe seguir adelante con la misma inusitada fortaleza con la que cumplía milimétricamente las órdenes a la hora de estudiar y ejercitarse de pequeño, controlado por sus preceptores ante un padre ausente, una madre demasiado protectora y un hermano que empezaba a mostrar signos de trastornos mentales. Se comprendería, entonces, que la falta de la figura paterna le llevara a refugiarse en el talento de Wagner. Porque nadie le preguntó nunca, porque él no nació para los asuntos políticos, porque el deber endémico chocaba con su deseo de dedicarse a la poesía y escuchar óperas. El anillo del nibelungo, Tristán e Isolda, Lohengrin. Ah, Lohengrin, ah querido Wagner. No se cumplió el mito, amigo. Ningún hombre vino a salvarle porque Paul tampoco está. Todavía recuerda al príncipe ensayar a tus órdenes en una armadura plateada con esa voz grave para actuar el día de su vigésimo cumpleaños. Ninguno de los dos le acompaña ya. Incluso sus sirvientes, de los que se rumorea que se acuesta con ellos, han comenzado a rehuirle y a cuchichear. Y esa falta de respeto le duele.
Su pecho está anegado y sonríe tímidamente cuando imagina a su prima Sisi desde el palacio de Possenhofen abroncarle de forma cariñosa por adentrarse tanto en el lago. Gaviota recitaría desgañitándose versos sobre el azul de sus ojos desparramado por Starnberg. En un giro dramático, cerraría las ventanas emocionada y seguiría con sus tareas. Porque Sisi sabe que el rey es un experto nadador; lo que ignora es que a el ya no le quedan ganas de nadar.
Es hora del último acto, el agua le llega a la altura de la nariz. De pronto, un cisne se cruza delante él y comparten una fugaz mirada. Lohengrin, oh, Lohengrin. Su madre le contaba durante los paseos por la montaña que en la mitología griega el cisne era un ave asociada a Apolo como dios de la música porque se creía que poco antes de morir cantaba una hermosa melodía. El cisne baja el cuello y se aleja lentamente. Entonces, el rey evoca los acordes de una canción cuyo título no recuerda. Y cierra los ojos. Os dirán que estaba loco, pero él, Luis II de Baviera, es agua.
Cuando apenas podamos afrontar
la última factura de la luz
porque el noventa por ciento de nuestro salario
sufragará una deuda que no hemos firmado;
cuando amordacemos pedos y eructos
ante el impuesto verde,
quizás nos queden los libros, amor
—si no los han quemado,
si aún el sol es gratis—,
y seguiremos juntos.
Cuando volvamos a anular la cita
de una operación insoportablemente cara,
y disimulemos el dolor de espalda,
los dientes podridos, la tendinitis;
cuando vivamos en pisos esqueléticos
con camas repartidas para varias familias,
quizás nos queden los parques, amor
—si no nos cobran a céntimo el paso,
a nosotros, obesos como tumores de bocio;
y digo pasos como puedo decir
parpadeos, latidos,
resuellos, bostezos—,
y seguiremos juntos.
Cuando el jefe permita cinco minutos libres,
(jornadas laborales
de trece horas, siete en vacaciones,
han prohibido las huelgas);
cuando para comer
tengamos que rascar la mugre apelmazada
en los azulejos de la cocina
o la orina devuelva la fe
a unos labios agrietados,
nos quedarán los recuerdos, amor
—si el gobierno no procesa
mediante sensores sofisticados
la cantidad de pensamientos
que produce nuestra mente
y los empaqueta en haces de créditos
que grava según la energía
de la evocación—,
y seguiremos juntos.
Cuando alguno de los dos, viejos ya,
sacos de hollejo y sarna demasiado rendidos,
decida convertirse
en carne de cuchillo
sin que el otro lo sepa
hasta el día siguiente,
qué nos quedará, dime.
Ellos, amor, siempre quedarán ellos;
y mansiones sin libros,
y ciudades sin pájaros ni parques,
y hombres sin memoria.
Y el silencio común que nos ungió de ruina.
Mientras duermes, una frente apoyada en el cristal del salón rumia barro. Han tiznado las estrellas con sarro, apenas yerra carne desalmada....